Diego Crivelli

Un día monótono.

Para despertarme, pasaba tres horas pensando en la cama, buscando una razón para ponerme de nuevo los zapatos. Estaba viviendo una monotonía constante. El trabajo no aparecía y mi vida amorosa era una basura. Sólo chicas que amaban a otros hombres que no sabían si las amaban a ellas. Era todo una duda, en realidad me importaba un carajo. Pasaba el día leyendo e imaginando estupideces, sacaba un lápiz y escribía uno o dos poemas o a veces, ciertos cuentos para darle un poco de emoción a mi vida. Todo era estúpido.

Me recargué en el sillón y destapé una cerveza, cada trago era como aspiraciones por lograr, sueños incompletos y un futuro incierto. Destapé la segunda y tranquilizó mi cabeza, me congeló los sentidos por un momento, ahora, quería otra cerveza y el refrigerador estaba en blanco.

Caminé dos cuadras y el olor a mariscos llamó mi atención, entré y pedí una cerveza. El bar era oscuro, sólo caras largas con botellas enfrente, había llegado al lugar perfecto de los perdedores.

Terminé mi cerveza de dos tragos, el cantinero se acercó y puso frente a mí un vaso con aguardiente.

-Va a cuenta del señor de la esquina – me dijo

Tomé el vaso, lo levanté en forma de agradecimiento y lo bebí a fondo. Azoté la mesa y me dirigí al señor de la esquina. Un tipo horrible, con la cara marcada, demacrada, llena de agujeros y ojos cansados. Un tipo totalmente en la ruina. 

-Gracias por el trago -le dije.

-No hay de qué. Toma asiento hijo. ¿A qué te dedicas?

-A nada realmente, me siento un fracaso, me paso el día esperando. A veces escribo.

-¡Ah mira! Apenas y puedes tomarte una cerveza y un vaso de aguardiente y ahora resulta que escribes.

-A usted que le importa, maldito borracho.

El tipo comenzó a carcajearse sin parar, era un tío viejo como para poder defenderse. Puse la mano dura y con el dorso le solté una bofetada. Su rostro parecía de piedra, era horrible, me daba asco verlo. El tipo se levantó de su asiento extasiado y contento, el golpe lo puso de buenas y se abalanzó hacia mí.

Era un tipo gordo, pero movía bien las piernas, esquivo dos de mis golpes y lanzó un derechazo que detuve con mis brazos, yo le acomodé una patada en la rodilla. Me lanzó un golpe flotado que reventó mi pómulo izquierdo. Era fuerte el tipo, pero mis movimientos eran más rápidos, esquive uno de sus golpes y le aticé tres golpes en el rostro, lo golpee con violencia y el tipo cayó inconsciente al suelo.

Caminé a la mesa y pedí una nueva cerveza, comencé a beberla. El tipo empezó a recobrar el conocimiento y se levantó, se sentó frente a mí.

-Vaya que sabes pelear he tío.

-Usted es un tipo lento.

-Vaya, por lo menos reconozco que sabes pelear, lo de tomar está por verse, te quedaras conmigo a tomar y a platicar, pero sigo sin aceptar que escribas.

-Está bien, podemos platicar.

El tipo pidió una botella de vodka y dos vasos, limpió su rostro con un pañuelo y comenzó a servir los tragos. Él, acabó su bebida de un sorbo y se sirvió una más. Después de todo era un tipo agradable, pero yo no sabía por qué estaba en contra de mi escritura. Pasamos un rato bebiendo y charlando, el día pintaba para algo bueno.

-Y bien señor. ¿De qué manera puedo dirigirme a usted? ¿Cuál es su nombre?

-Charles Bukowski, para servirte hijo. 

No pienses que te pido el sol, o una rica tarde de verano.

Tampoco te pido una gran fogata,

ni una inmensa frazada.

Lo único que te pido,

es que llenes este espacio,

con el calor de ti. 

Estaba tumbado en la cama pensando en mi hermano.

Estaba tumbado en la cama pensando en mi hermano, su enfermedad, su agonía, lo pálido que se le veía. Había llegado al hospital con ganas de verlo, darle dos golpecitos en la espalda y animarlo a vivir, a luchar, a levantarse de esa cama que lo tenía atrapado.

Estaba pensando en mi hermano, pero también pensaba en las gotas del grifo de la casa, y el cuadro que aún no colgaba.

Traté de incorporarme, la cama se sentía espantosa, no lograba descansar, volví a tumbarme. El cuerpo me pesaba y me sentía amarrado, cortado, hinchado, tenía un dolor constante.

Escuchaba voces por todos lados, yo sólo quería levantarme e ir a ver a mi hermano, pero alguien me lo impedía. Me tomaban de los brazos y me recostaban, me obligaban a dormir. Comencé a pensar en las ventanas, trataba de recordarlas, gritaba que cerraran la puerta, el aire me azotaba, pero alguien sólo me tomaba de los brazos y me recostaba. Estaba confundido. Me tumbé y me eche a dormir.

Abrí los ojos y recordé que debía ver a mi hermano, comencé a bajar los pies muy lentamente, el cuerpo me pesaba, me dolía cada movimiento. Me aferré de los tubos de la cama y comencé a levantarme.

- ¿A dónde crees que vas abuelo?

- A ver a mi hermano, anda levántame.

- Debes estar acostado hasta que te mejores.

- Estás loco, vine a ver mi hermano, llévame a verle.

- Duérmete un rato, pronto lo verás.

Cerré los ojos y comencé a pensar. ¿De qué manera podría convencer a mi nieto de llevarme con mi hermano? Yo solo no podía, estaba viejo y apenas podía moverme.

Seguía pensando, tratando de hilar las cosas. Estaba desesperado. Comencé a gritarle a mis hijos, a mis hermanas, nadie venía a resolver mis dudas.

Mi nieto trató de calmarme.

- A las seis en punto estarán aquí por ti –me dijo.

¿Qué auto traerán para llevarme? Espero que vengan en el viejo camión VW, ahí sí puedo estirar la piernas. 

El brazo me estaba matando. Una señora trataba de inyectarme algo, no puse resistencia. Lo único malo es que mi cuarto comenzó a llenarse de personas. Unos lloraban, alguien me daba bendiciones. Era muy raro, yo sólo había ido a ver a mi hermano y ahora me tenían amarrado en una cama, con el cuerpo matándome, los brazos hinchados y un fuerte dolor de cabeza que mantenía mis ojos cerrados.

En un instante, sentí un beso cálido, sonreí, llevaba diecinueve años sin oler ese dulce perfume. Abrí los ojos. Marie, mi esposa, estaba sonriéndome. Apartó las cobijas y pude levantarme sin problema. Nos tomamos de la mano y caminamos. Me sentía fuerte, tranquilo.

Mi esposa y yo, no dijimos una palabra, sólo nos mirábamos y sonreíamos. Sentía que un tiempo infinito a su lado se avecinaba.  Seguí caminando con Marie. Vimos a la familia reunida, algunos lloraban, otros platicaban contentos, ellos me agradaban. Los sentía a todos, los llevaba conmigo.

El sol estaba radiante, las flores eran hermosas, mi cuerpo descendía lentamente. Me volví a mi familia y con la mano me despedí.

Yo sólo había ido a ver a mi hermano y ahora de la mano camino junto a Marie rumbo a sol. 

Un martes cualquiera.

Desperté en mi cama con gripe, una gripe terrible. Mi cuerpo temblaba de frío y a su vez me asfixiaba de calor, tenía el cuerpo desecho. Mi esposa Anne se encargó de llamar al trabajo para reportarme como enfermo. Me preparó un té de hierbas para tomarme unas cuantas pastillas, me dio un beso en la frente y se marchó a trabajar.
Apenas pude incorporarme sobre la orilla de la cama, metí mis pies fríos en unas pantuflas de piel y me dirigí a ver mi horrendo rostro amarillento en el espejo. Tenía los labios secos y partidos, mojé mi cara con el agua helada del grifo, me sequé con alguna camiseta sucia y salí a beberme ese té de hierbas. 

Realmente hubiera preferido tomarme un whisky, el sabor del té era totalmente horrendo, abrí mi ventana para dejarlo caer en el callejón que dividía dos edificios. Di un último sorbo a mi té, observando el exterior. 

En la ventana de un piso superior, exactamente a mí derecha, una chica humectaba su piel con movimientos suaves, podía ver la totalidad de sus piernas, la sensualidad con que lo hacía. Traía una toalla enredada en el cabello, lentamente dejó caer su cabellera húmeda, lo hacía tan lento que seguí bebiendo mi té de hierbas.
Quitó el nudo de su bata de baño, pude ver sus hombros desnudos, en su rostro noté una cara coqueta, juguetona. Me corrí un poco por mi ventana y exactamente arriba a mi izquierda, pude ver a un tipo soplándose la polla, mirando a su vecina. Era rotundamente asqueroso, di un trago más y seguí admirando esa escena. 

La chica empezó a bailotear, jugando con su bata, mostrando y tapándose rápidamente, veía al sopla pollas como una fiera encerrada, tratando se saltar por su terraza y aterrizar en el cuerpo de la vecina y devorarla. La chica parecía disfrutar de ello, mandando besos, lamiendo sus dedos, llamándolo, haciendo señas con sus uñas rojas y largas. El aire olía a sexo.
Quemé mi boca al mirar como el sopla pollas salía por su ventana, como un ratero después de su crimen. La escena era mejor de lo que esperaba. El tipo salió sólo con unos calzones blancos, aguados, totalmente horrible, tiré mi té y me serví un trago de whisky, la enfermedad se había marchado. 

No sé de qué forma lo logró, pero el tipo de los calzones aguados, tomado de varios tubos de agua, tendederos de ropa… llegó a aferrarse al barandal de la terraza de la chica, trepó como un animal y se abalanzó al cuerpo de ésta. La desnudó con violencia, frotaba sus muslos como si tuviera esponjas en las manos, parecía un loco desesperado, apretando, chupando, olfateando, estaba totalmente excitado. La tipa parecía disfrutar del encuentro, aventando su cabeza hacia atrás, y dejándose lamer, gimiendo, apretando, rasguñando. 

Di un trago a mi whisky cuando observe una sombra que llegaba al apartamento de la chica. Era un tipo mayor, buen porte, gabardina negra y guantes de piel, un tipo intimidante a no ser por su calva brillante. Apenas terminé mi trago, y de un zarpazo el anciano tomó al tipo de los calzones blancos por la cabellera, aventándolo a la terraza.
No lograba distinguir lo que se decían, pero la escena estaba de puta madre. El tipo de los calzones blancos empezó a mancharlos cuando por los guantes de piel del tipo mayor, se vio una pistola negra y larga. No sé si era de la mafia o algo, pero el anciano comenzó a introducir la pistola en la boca del tipo de los calzones manchados. 

Sabía que debía llamar a la policía, pero podría perderme de la espectacular escena que estaba ocurriendo un piso arriba de mi apartamento. Era mejor que la película que vi con Anne el domingo pasado en los cinemas, una verdadera basura. El tipo de los calzones manchados, lloraba y se ahogaba con la pistola en su garganta, sabía que era su fin. El anciano lo obligó a brincar de nuevo por el barandal de la terraza, estaba seguro que lo iba a dejar caer por esos cinco pisos al fondo o tal vez obligarlo a suicidarse soltándose del barandal, no lo sé, pero algo espectacular estaba a punto de ocurrir. 

Di el trago final a mi copa de whisky mientras observé una botella de vino balanceándose por el aire. La botella estalló en cientos de cristales sobre la cabeza del anciano, desmayándolo al instante, perdiendo el conocimiento, escurriéndose por el barandal, cayendo cinco pisos al fondo. Lentamente se veía su cuerpo caer, parecía volar con esa gabardina, terminando su recorrido con un fuerte sonido que invadiría el callejón. No supe reconocer si era vino o sangre la gran mancha junto al cuerpo. La chica comenzó a ayudar a su amante a reincorporarse a la terraza. Se tomaron de las manos, la vecina y el tipo de los calzones manchados entraron en el apartamento. Parece que lo único que ella extrañará, será esa botella de vino. Cerraron las cortinas.
Me di la vuelta y cerré la ventana, me serví otro trago de whisky, prendí el televisor, tomé el periódico y comencé a leer las noticias. Todo ésto en un martes cualquiera. 

Te propongo algo.

Te propongo algo:

Mandemos al carajo eso de la rosa de los vientos

Aquí no existe norte ni sur,

mi corazón está aquí, ahí, conmigo,contigo.